martes, 21 de agosto de 2012

¿Si? ¿No? ¿Quizás?

Sólo susurralo, no hace falta decirlo en voz alta, y el suelo donde estoy parada comienza a temblar y todo mi cuerpo con él. Muchos le tienen miedo a la oscuridad, otros a las alturas, alguno que otro a algún insecto y ¿yo? Yo le tengo miedo a esa palabra. ''Decisiones'' y el pánico penetra en mi sangre, corre por mis venas y atropella todo lo que ve sin dejar nada a su paso. Sin mencionar el nudo en la garganta y ese vértigo que me ocasiona.                                                                                                                                                    No es algo nuevo, desde la primera vez que me hicieron decidir algo por mi misma fue así. ¿Qué quieres: pastica o nuggets? y mi mamá terminaba del desespero poniéndome los dos en el plato. Por supuesto, como todo en la vida, a medida que fui creciendo me resultó más difícil, me resulta más difícil. He descubierto que la raíz del problema es que desde niña descubrí que ''decidir'' significa abrir un camino, pero a su vez, cerrar otros. Eso es lo que me aterra, lo que dejo pasar, lo que dejo atrás. Está bien eso del destino, te lo compro. Pero... ¿por qué carajo el destino no te grita cuál es tu destino? ¿No se da cuenta que somos tan, digamos, necios como para quizás escojer algo que no estaba destinado para nosotros? Como les decía... Pánico.                    Lo más tedioso de tomar una decisión es pensar en las personas que están involucradas. Es decir, no sólo que ''cierras'' otros caminos, sino que en todo este lío están mezclados los sentimientos (claro está, como todos los líos).                                                                                                                                             Las personas a mi alrededor me siguen repitiendo lo fácil y simple que es. ''Es sólo un sí, o un no... Sencillo!'' claro que es sólo una monosílaba, estudié primaria, pero... ¿Qué hay detrás de esa palabrita?                                                               Y así me encuentro ahora, ''en medio de la espada y la pared'' como solía decir mi abuela. Pero ella nunca me supo decir si hay que estrellarse contra la pared o clavarse la espada.